Indudablemente, cuando los recuerdos reflotan, siempre se requiere un poco más de tiempo…

 

 

     Historias No Contadas

 

reúne mis notas de prensa publicadas en distintos medios digitales.

Lamento no haber podido recuperar las que aparecieron en suramericapress.com, el portal que dirigí por más de diez años junto a colaboradores de gran prestigio.

Este espacio acoge también mis relatos.

Para no perder mis huellas, he vuelto a las calles

polvorientas de El Alto y a Villa Armonía,

el barrio áspero y querido que marcó mi adolescencia y juventud.

De a poco —como correr una cortina— mis lectores podrán

descubrir lo que tengo para ofrecer en este portal.

 

 

 

A manera de presentación

Finalmente me animé a abrir este espacio. Sentí la necesidad de reunir mis notas dispersas y,

sobre todo, de conversar otra vez con quienes se asoman a este oficio que me acompaña desde 1974.

El periodismo ha sido, más que una profesión, una manera de estar en el mundo.

Mi primera máquina de escribir —una Underwood del vespertino Jornada— fue también

mi primera compañera. Aún puedo escuchar el golpeteo de sus teclas, marcando el ritmo

de aquellos días en que todo estaba por empezar.

Nací en La Paz, en septiembre de 1952. Mis recuerdos más nítidos vienen de la naciente ciudad

de El Alto y de las aulas viejas de la escuelita Waldo Ballivián, en Villa Armonía, ese barrio

áspero y querido donde aprendí a mirar, a cuidarme, a soñar. Allí quedaron mis primeras

certezas y también mis primeras heridas, las que uno lleva sin darse cuenta.

El colegio Ayacucho me abrió la puerta de la radio El Cóndor. Después de clases me

escabullía a una pequeña cabina donde, con un programa de dedicaciones musicales,

descubrí que la voz podía ser un puente. Era puro entusiasmo, pura intuición,

como si la vida me entrenara sin avisar.

A finales de 1971, cuando Bolivia vivía bajo el régimen de Banzer, partí a Buenos Aires

buscando un oficio técnico. La ciudad hervía. Entre exiliados, discusiones interminables

y días inciertos, un grupo de compatriotas me terminó de empujar hacia el periodismo.

No terminé la carrera, pero sí la convicción.

Regresé a La Paz a mediados de marzo de 1975. Poco después toqué la puerta

de Jornada. Jaime Ríos Chacón señaló una máquina de escribir y me

dijo: “Si usted dice ser periodista, ahí está”. Ese gesto sencillo marcó el comienzo de todo.

Hoy, más de cincuenta años después, sigo escribiendo con los nombres y

rostros de tantos colegas latiendo en la memoria. Este espacio nace de esa

necesidad: volver a mis pasos, ordenar mis huellas y compartir, con calma, lo que la vida me fue dejando.



                                                                                                                              Jaime Padilla

 

 

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